Ayer fue un día bastante espantoso, la verdad... De madrugada tuve una bajada de azúcar importante, no descansé nada durante la noche, y por la mañana me sentía totalmente abatida, destrozada, hecha polvo, sin fuerzas para nada, ni ganas de nada... Me sentía furiosa por el chasco con el corto, estafada, como si se hubieran reído de mí... Reviví una situación que hace años juré que no volvería a vivir, y había sido de forma involuntaria, sin yo saberlo, y el hecho de revivirla así me destrozó... Me sentía tan impotente... Tan inútil... Tan absurda... A ese desengaño debía sumarle la desilusión, el cansancio, la impotencia también, ante la actitud de Javi... Tanto daño sufrido, tanta humillación, tantas vejaciones, para luego acabar oyendo palabras que me sonaban vacías y que, ni queriendo, pude creerme... Ojalá sean verdad, pensé, pero querer, cuando te han mentido y herido tanto y tantas veces, no es poder... Así que tuve que conformarme con esa actitud escéptica y desconfiada para poder ser capaz de seguir teniéndole a mi lado, cosa, por otro lado, inevitable, dado lo mucho que le quiero...
Y con todas esas sensaciones hirviendo en mi cabeza, cuando sonó el despertador a las siete, pensé que no podría levantarme. Pero, para sorpresa mía, de algún rincón de mi cabeza se despertó la señora Responabilidad, me ordenó que moviera el culo y fuera a clase, que aquella era mi obligación como estudiante y mi deber como persona. Y lo hice. Me alegró ver que tenía una actitud responsable ante algo que, un mes atrás, me mostraba de lo más irreponsable... Por la tarde, ya en casa, no me apetecía nada, estaba medio aletargada, sólo quería dormir, ivernar, olvidarme del mundo, desaparecer... Pero recordé con desagrado que tenía que ir al cine a ver una ópera de Mozart como actividad trimestral de canto. ¡Y suerte que esa vez también venció mi responsabilidad! Fue lo mejor que pude hacer.
En cuanto los acordes instrumentales de la introducción empezaron a sonar en las cuerdas de los violines de la Orquesta del Liceu, y aquel oboé hacía un pequeño solo dibujando una melodia agradable, reconocí enseguida ese tono distendido de cualquier ópera de Mozart, y no pude más que dejarme llevar por la música. Y disfruté muchísimo. De repente, mientras oía a aquellos profesionales sobre el escenario, cantando piezas que quizás yo cante algún día, se evadieron mis preocupaciones, todas se relativizaron, me di cuenta que de vida hay sólo una, y que ella misma ya nos presenta bastantes problemas en el camino como para que nosotros queramos ponernos más encima... En lugar de enfadarme por tener una asquerosa cara de niñata de quince años, o preocuparme porque alguien no crea en mi palabra y desconfie por norma de mí, es mejor que me preocupe por una enfermedad que hará que tenga que estar toda mi vida cuidandome en extremo, por decisiones que condicionan mi futuro, o por problemas de verdad que iré encontrándome en el camino...
La vida, por desgracia, no es como en las óperas de Mozart, el amor no siempre triunfa, la venganza no siempre puede aplacarse, ni la bondad habita en todos los corazones...
