Este concepto que nació con la Ilustración creo que define muy bien la tarde de hoy; ha sido sublime, con una dosis extra de bienestar, estima, y tímida felicidad que me hacía más falta que cualquier otra cosa.
La verdad es que hoy el día en general ha ido mucho mejor que ayer... Lógicamente, aún me duele algo en el corazón que no consigo calmar, pero veo la luz después del túnel, empiezan a escampar las nubes de tormenta en mí.
Esta mañana me he levantado temprano, a las 7, he ido a la Universidad a hacer un examen (el último ya), y luego he ido a la piscina. La verdad es que cuando me he encontrado a las 9'30h camino del gimnasio me han entrado ganas de ponerme a reir. Si hace nada alguien me hubiera asegurado que yo, alérgica al deporte desde que nací, estaría yendo a las 9'30h de la mañana de un jueves, -habiendo tenido que coger dos trenes para ello-, al gimnásio, me hubiera dreído e él y hubiera asegurado que era de lo más improbable. Pero, en cambio, allí estaba... La verdad es que le estoy pillando el gusto. Mañana, aunque ya no tenga clases hasta la semana que viene no, la otra, me estoy planteando de acercarme a nadar un rato... Joder, ¡quién me ha visto y quién me ve!... ¡Si hasta me voy a convertir en una chica sana y saludable!... Bueno, lo de sana... dentro de mis posibilidades, claro. Cuando me he metido en la piscina, a esa hora vacía y entera para mí, y me he puesto a nadar, he pensado que era muy reconfortante, que me sentía bien haciendo un poco de deporte, y por un momento hasta me ha parecido cómica la idea de empezar a entender a Ivan y su deria por el deporte ahora que a mí ya no me incumbe en nada. Estamos a jueves y no me ha llamado, aunque dijo que lo haría esta semana... Pero la semana está a punto de terminar y dudo que lo haga mañana. Además, también me dijo que seguiría enviándome los sms matutinos y tampoco lo ha hecho. Y además, ¿qué se puede esperar de una persona que se enfada si le explicas por teléfono cómo te ha ido el día, pero que luego te deja por teléfono y además se niega a verte para hablarlo en persona?... Las incongruencias de este tipo nunca significan nada bueno... En fin, corramos un estupido velo...
Después de la mis treina piscinas, más o menos, he ido a los baños de vapor un rato y luego ya me he marchado.
Por la tarde, a primera hora, he ido al homeopata. ¡Qué sexy es ese hombre!... Bueno, no sé si sexy sería la palabra, pero es muy atractivo, interesante,... Y hoy ha estado toqueteando mis partes... Sin malas intenciones, ¡claro! Sólo comprobaba que los puntos donde tocaba no me dolieran ni notara ninguna molestia. Me ha animado ir, a pesar de los 55€ de la visita. Me ha recetado, a parte de una crema y un labial para mis horribles labios, unas pastillitas que salen de una planta preciosa sobre la cual colgaré una entrada un día de estos, porque es una flor muy especial...
Pero lo que realmente me ha hecho sentir lo sublime ha sido el concierto... He pasado una hora ensayando y no me salía la voz, los agudos me quedaban cerrados, y me estaba cagando en todo, porque llevaba meses esperando ese concierto y había trabajado mucho, contra viento y marea, a pesar de todos los problemas de salud que he tenido estos meses... He subido una hora antes a ver a mi profesora para vocalizar un poco y sobre todo para comentarle ese pequeño problema. Cuando me ha oído cantar un poco me ha recomendado que no cantara. Que sabía que me hacía muchísima ilusión, pero que ella me veía totalmente sin energía y que no iba a poder llegar a los sobreagudos que tenía en la romanza de la zarzuela que canto... Yo le he dicho que por favor, sacaría fuerzas de donde fuera, haría lo imposible, pero debía cantar, porque había tenido una semana de mierda y necesitaba dar ese concierto, era una cuestión de amor propio. Y, además, me negaba a permitir que por culpa de alguien que no merecía tantas lágrimas, ni tanto dolor, ni tanto malestar, me quedara sin mi concierto. Ella, comprendiendo las ganas que tenía, me ha dicho que hiciera lo que quisiera, pero que no forzara la máquina...
Y ahí me tenéis, esperando mi turno para cantar delante de un público reducido (50 personas aproximadamente), dado que el concierto ha sido en una sala habilitada para conciertos, pero no en el auditorio como otras veces. Cuando me ha tocado cantar estaba nerviosísima, y realmente tenía miedo... Al principio, antes de salir, me venían lágrimas a los ojos mientras soñaba despierta que entraría por la puerta, me daría ánimos, y me diría que me quería y me necesitaba y no podía estar sin mí... Luego me he regañado a mí misma por ser tan estúpida y me he prohibido pensar más en él durante el concierto, porque ese momento tenía que ser mío y sólo mío. Así que al salir me he puesto a cantara con mi voz de soprano ligera, y la primera canción, una ária del Magnificat de Bach, ha salido bien, la gente ha aplaudido correctamente, pero no ha pasado de ahí. Y en la segunda, una romanza dificilísima que dura 7 minutos y que tiene muchos cambios de carácter y unas subidas fuera de pentagrama impresionantes, perteneciente a la obra "Gigantes y Cabezudos", del maestro Fdez. Caballero, he decidido dejarme ir y que pasara lo que pasara. Total, lo importante cuando estás en un escenario es pasarlo bien. Si simplemente cantas, por muy bien que cantes, no pasará de una actuación bonita y nada más. Pero si disfrutas, si lo sientes, si te diviertes, transmites muchísimo más y puedes llegar a contagiar al público, aunque sea difícil. Pues bien, me he lanzado a por todas, me he metido de lleno en el papel, y la canción ha salido fantástica. Había muchos fallos musicales que un oído habría notado, pero como no sabía como me saldría a nivel bocal lo he dado todo en la interpretación. Y ha sido sublime. Mientras cantaba y actuaba miraba a la gente, y la gente estaba emocionada con lo que les estaba cantando. Cuando yo soñaba con la canción me miraban con medias sonrisas; cuando sufría con la canción me miraban angustiados; cuando rogaba con la canción me miraban compasivos; cuando me enfadaba con la canción me miraban apenados... La complicidad ha sido tal que incluso estaba sorprendida. Mi madre, como hace siempre cante lo que cante, se ha pasado toda la canción llorando, y yo notaba como el resto del público se estremecía con cada una de mis exclamaciones agudas. Al terminar me han aplaudido durante medio minuto que parecía no acabar nunca, algunos se han levantado de las sillas, me silbaban, alguna mujer mayor (que no era mi madre) se secaba los ojos tímidamente. Y sólo por ese instante ya ha valido la pena todo el día entero. Al acabar el concierto la gente no dejaba de felicitarme, de contarme lo que les había emocionado, como les había puesto la piel de gallina, lo artista que era, lo bien que lo hacía, las tablas que tenía, lo lejos que iba a llegar. Y yo sonreía tímidamente, volviendo a ser yo bajo el escenario, dando las gracias, agradeciéndoles a ellos sus elogios y por ello muchos se molestaban aclarándome que me lo decían con total sinceridad. Y me he sentido muy dichosa. Gente desconocida, a la que no les importaba y que no me habían visto nunca me felicitaban y me animaban y me daban las gracias por haberles emocionado con una simple canción... Y yo he sido muy feliz durante esos momentos.
Y no sé lo que me ha pasado, supongo que la emoción acumulada, pero de repente, enmedio de toda esa gente que quería darme la mano y regalarme una grata sonrisa, me he puesto a llorar y a reir a la vez. Ha sido un poco surrealista, todo... La gente se emocionaba de que yo me hubiera emocionado, mi madre volvía a llorar, mis compañeros me animaban, y yo, contra todo pronóstico, en ese momento lo primero que he pensado no ha sido en lo que deseaba que hubiera estado Ivan allí, sino en lo bien que me sentía sin necesidad de que él estuviera a mi lado... Mi profesora se ha acercado a mí, creo que un poco emocionada también, y me ha dado un abrazo fuerte y dos besos. Me ha felicitado, me ha dicho que estaba muy orgullosa de mi trabajo y del gran esfuerzo que había hecho, porque me ha confesado que ella, tal como me había oído un rato antes pensaba realmente que no podría cantar, y me ha confesado que nunca había tenido tan claro como este tarde que yo tenía un talento innato encima del escenario, un algo que no tenía en ningún otro lugar ni en ningún otro aspecto de mi vida, y que tenía que pensar en dedicarme seriamente al mundo del espectáculo porque había nacido para ser artista.
Oir todo aquello de los exigentes labios de mi profesora me ha dejado fuera de juego, no me lo esperaba para nada, pero me ha encantado y me ha hecho sentir bien después de muchos días de sentirme mal. Y también me ha hecho sentir que valgo para algo, que hay gente que me valora, que aunque yo agache la mirada no soy invisible y siempre habrá gente que me vea y que me sepa ver. Que no todo el mundo va a rechazarme siempre sistemáticamente, que habrá gente que querrá acercarse a mí, ya sea para elogiar mi voz, mi trabajo o simplemente para agradecerme lo que le he hecho sentir.

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