Toda experiencia traumática, generalmente atada a una pérdida, pero también referente a sobresaltos inesperados como la diagnosticación de una enfermedad crónica o similar, consta de una serie de fases por las que, al parecer, pasa casi todo el mundo, aunque una minoría invierta el orden de algunas. Elisabeth Kübler, psiquiatra, estableció las siguientes:
- Negación
- Ira
- Negociación
- Depresión
- Aceptación
En mi caso, esa primera fase ha ocurrido de un modo un tanto extraño, pues al saber la noticia incluso estuve conforme con ella aunque me doliera. Pero en forma pasaban las horas no podía creer que aquello hubiera ocurrido realmente, ni entendía el modo en el que había ocurrido. Luego, la Ira y la Negociación han venido a la vez. Mientras he estado dándole vueltas y más vueltas a otras posibilidades, mientras hacía hipótesis sobre qué habría pasado si yo... si él..., (ambas acciones muy propias de esa etapa de negociación, de querer ajornar el problema), han ido viniendo a mi cabeza frases sueltas llenas de ira hacia él, y también ira que he descargado en los que me han tratado estos días. Pero sé que sólo es un modo de autodefensa, pues no siento esa ira en realidad, no he dado realmente el paso que separa al amor del odio, ni tampoco quiero darlo... Y mientras todo esto ocurría, poco a poco se ha ido aposentando la Depresión, las lágrimas incontenibles, la pérdida de apetito y por consiguiente de peso (¡mira, algo bueno había de tener!), las asquerosas bajadas de azúcar, la falta total de ánimo para levantarme de la cama, el inexplicable hecho en mí de estar casi dos días sin probar el agua (y más teniendo en cuenta que aquel día me había maquillado y se me corrió todo el rímel negro mejillas abajo, igual que en las películas...).
Pero, a pesar de darme cuenta de la volatilidad de la vida, que te cambia de forma brutal de un día para otro sin darte tiempo ni a respirar y coger aire para soportar con más fuerza la siguiente embestida, creo que ya va siendo hora de entrar en la fase de Aceptación, porque después de hablar con él un par de veces más me doy cuenta de que no hay vuelta de hoja, de que aunque inesperado para mí, él hacía tiempo que lo planeaba, y no ha sido un acto impulsivo. Así que lo mejor para todo el mundo, y sobre todo para mí, es ser igual de pragmática que el resto, dejar los ideales utópicos escondidos en un cajón, y pensar en las ventajas que esta situación me comporta y me comportará. Porque, aunque físicamente pueda aguantar la fase depresiva un tiempo, no sé si psicológicamente soy lo suficientemente fuerte para sobrevivir a ello. Y la única solución es aceptarlo de una vez por todas, por difícil que sea, y seguir viviendo como pueda. En unos años, con un poco de suerte, esto será una anécdota... Larga, y muy dolorosa hoy por hoy, pero una anécdota, al fin y al cabo...

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